Primer capítulo
Aún recordaba sus cuerpos semi-calcinados. Las lágrimas no paraban de brotar
de sus enormes ojos marrones tamaño manga y sus pulmones dudaban entre
abastecer su carrera o su llanto. Sin duda, el plan no había salido bien.
Nadie le esperaba a él. A su perseguidor.
Ana corrió a toda velocidad por el gran yermo que separaba las vías de tren
de cualquier posible escapatoria. Por suerte para ella la noche había llegado
pronto y la falta de iluminación en las eternas llanuras castellanas jugaba a
su favor.
Estaba segura de ser la única superviviente y si no llegaba al pequeño
campamento antes del amanecer para avisarles de lo sucedido mucha más
gente de El Reducto correría peligro. No albergaba dudas: Había una rata
demasiado habladora.
El ruido de un helicóptero acercándose hizo que se tirara al suelo y sintiera
la tierra seca comprimiendo su pecho. Su único camuflaje era el compuesto
por la noche y el follaje de unos pocos helechos. El helicóptero pasó de
largo con su potente foco iluminando la nada.
Sintió el aliento de aquel asesino muy cerca de ella. Sabía que no era así,
pero solo imaginárselo le horrorizaba. Se levantó con rapidez y giró su cabeza
para asegurarse de que Mateos no la seguía de cerca. Sólo pensar su
nombre volvía a provocar que su piel se erizara y que su estómago se
contrajera en una nausea.
Siguió corriendo con la convicción de que encontraría el campamento antes
que ellos. Sus piernas atenazadas por el frío iban todo lo rápido que podían
y no era suficiente. Él era implacable. Ella lo sabía.
La carrera se prolongó durante algo más de quince minutos. Hasta que sus
pulmones dijeron basta y tuvo que detenerse. Apoyó las palmas de las manos
en el suelo y dobló las rodillas hasta colocarse de cuclillas para buscar el
aliento que le faltaba.
Sintió una ráfaga de viento helado y levantó la cabeza. El Duero y su
voluminoso caudal la saludaban con el canto de los grillos pobladores de sus
orillas. Dejó de jadear y se aproximó al río.
Apenas había recuperado su respiración cuando oyó un sonido que hizo
desvanecerse cualquier sueño de supervivencia que hubiera podido albergar
durante la carrera. Era el rugido de una chopper, de aquella chopper negra
de la que sus piernas habían intentado alejarla sin éxito aparente. Miró a los
lados y al frente. La nada le rodeaba. No había escapatoria, salvo… sus ojos
escudriñaron las pestilentes aguas y sus dedos comprobaron lo estúpido de su
gélida idea.
La chopper volvió a rugir a su espalda. Cada vez estaba más cerca.
Rápidamente se metió en la corriente helada, nadó buscando el centro del
lecho del río notando como sus músculos se agarrotaban por la ausencia de
temperatura. La revolucionaria aguantó con la cabeza fuera hasta que vio el
haz de luz producido por el foco delantero de la moto. Entonces, tomó todo
el aire que pudo y se sumergió.
El transcurrir pausado de aquella atenazadora corriente le permitió observar la
escena con detalle. La moto se detuvo a unos metros de la orilla y de ella
se bajó un chico de unos veintitantos, era alto y corpulento pero no poseía
un físico amenazador. Iba ataviado con una gabardina gris que le caía casi
hasta el suelo. Su rostro se iluminó de repente cuando apareció en su mano
izquierda una pequeña bola de fuego.
Con aquellas esferas ígneas había acabado con todos sus compañeros sin
apenas mover un músculo de la cara. En esta ocasión la usaba como
luminaria y no como arma. Ana observó su rostro pálido y aniñado, con una
barba morena mal cuidada y un corte de pelo que parecía improvisado.
Vio su caminar lento, su mirada curiosa y sus labios impertérritos. Observó
como su gabardina resbalaba por sus hombros hasta yacer en el suelo,
mientras el globo incandescente flotaba a unos centímetros de su pecho.
Mateos se arrodilló a la orilla del cauce e introdujo el dedo índice de su
mano derecha en el agua. Ana quiso seguir mirando su mano, pero se
distrajo en sus ojos negros profundos, en los que la pupila se confundía con
el iris. La oscuridad nocturna era aplacada por la luz del fuego que iluminaba
con intensidad su rostro.
Sintió los ojos del cazador fijos en los suyos. Pensó que estaba perdida. Era
la hora de morir. Aquella mirada triste, aniñada y perdida le recordó algo.
Eran otros ojos negros que la observaban desde la distancia. Ella era la que
se alejaba y era esa mirada profunda la que le despedía con dos lágrimas
expulsadas desde sus comisuras. Eran otros ojos negro abismo. Era esa
misma mirada.
Y de repente, Mateos se levantó y caminó de nuevo hacia la motocicleta. Ella
hizo lo posible para mantenerse calmada pero la posibilidad de salir viva de
aquella era tan inesperada que sus pulmones soltaron todo el aire retenido.
Las burbujas de oxígeno estallaron contra la superficie. Los siguientes
segundos se le hicieron interminables con su pecho reclamando aire y su
cerebro exigiendo prudencia, hasta que al final, cuando sus posibilidades se
agotaban, oyó el ruido de la chopper arrancando y alejándose del lugar con
premura.
Ana salió del agua cogiendo aire. Robándole vida al mundo y recordando el
instante eterno en el que vio su final en los ojos del cazador. No entendía lo
que había sucedido. Estaba segura de que él le había visto. En ese
momento, algo muy frio rozó su estómago.
Encima de una pequeña balsa de agua congelada flotaba una rosa de hielo.
Ana agarró el tallo con suavidad y éste se derritió entre el calor de sus
dedos. La corola de la flor cayó con estrépito sobre el agua. Rezó para que
Mateos no hubiera oído el chapoteo. Pero, ¿por qué no la había matado?
Salió del agua y sintió como el ligero viento helaba cada poro de su piel. Se
agachó para recoger la gabardina de su perseguidor. Se la puso por encima
de los hombros y sintió los restos de calor aún prendidos de la gruesa tela.
Al final terminó por introducir los brazos en las mangas y se la abrochó sobre
su ropa empapada.
Empezó a caminar por la orilla intentando contener sus temblores, provocados
a partes iguales por el miedo, todavía persistente en su pecho, y por el frío
que a pesar del abrigo agarrotaba sus músculos. La gabardina, demasiado
larga para el metro sesenta y cinco de Ana, se arrastraba por el suelo.
Introdujo sus manos en los bolsillos y de repente su dedo anular se rozó
contra un borde rugoso de cartón. La pequeña porción de cartulina rasgó la
yema arrugada de su dedo, ella gimió dolorida por el pequeño corte y sacó
la tarjeta de su bolsillo.
Observó la porción de cartón manchado de sangre y lo miró extrañada. Sólo
había nueve dígitos escritos. Le sonaban. Sabía que los conocía. Ana se metió
las manos en los bolsillos y sacó su teléfono móvil. Intentó encenderlo pero el
agua había acabado con el pequeño aparato. Ese número era el del topo.
Estaba segura.
Ana empezó a correr a toda velocidad. Sintió el agua dentro de sus
zapatillas, el viento helando su cabello recortado en una melena corta y
morena que caía sobre sus orejas y que a buen seguro se había rizado al
contacto con el agua y por último, los restos de Duero confundiéndose con el
sudor de su cuerpo y erizando los poros de su nívea piel.
Su ritmo era más calmado que minutos atrás. Algo le decía que Mateos no
estaba interesado en encontrar la ubicación de El Reducto. ¿Por qué no la
había matado? ¿Se había olvidado la gabardina? ¿Y la tarjeta?
No podía creer que el carnicero que había quemado vivos a sus compañeros
hacía apenas una hora, fuera el mismo que la había observado con esa
mirada triste desde la orilla del río hacía unos minutos.
Pensando en aquel encuentro, en aquellos iris tan negros que se confundían
con sus pupilas, en esa rosa de hielo cuyo tallo se quebró derretida por su
propio calor y sobre todo, en el hijo de puta que se había convertido en la
rata de los Igualadores, llegó al pequeño campamento improvisado en las
ruinas de un pueblo cuyo nombre se había perdido con el transcurrir de los
años y el abandono de la vieja carretera nacional.
Vio el humo de la hoguera escapándose tímidamente por la ausencia de
techado en la iglesia y oyó la voz de Cabrero, el viejo profesor universitario
metido a líder de la revolución.
Sonrió. Estaba en casa. Caminó por las viejas callejuelas de tierra y piedra.
Llegó a la entrada de la iglesia y observó desde el umbral como Cabrero
discutía con Sedal, un hombre de unos cuarenta años, ex militar que vestía
con ropas de camuflaje y mantenía su porte regio, con Gómez, un estudiante
universitario de unos veintitantos con el que Ana mantenía un tonteo
persistente y con Duna Marqués, una antigua militante política que llegó a ser
líder de varias organizaciones juveniles hacía apenas unos años.
Duna giró su rostro y contempló la figura empapada de Ana apoyarse en uno
de los pilares de la entrada del viejo edificio santo. Las lágrimas resbalaban
por su pálido rostro que temblaba por el frío. Duna corrió hacia ella y la
abrazó con fuerza sintiendo su cuerpo empapado bajo la gabardina.
Ana se sintió reconfortada por el abrazo de su amiga. La apretó contra su
pecho, intentado robarle un poco de su calor. Las lágrimas se escapaban de
sus ojos y entonces, miró fijamente a la hoguera y a los hombres que la
rodeaban y la observaban atónitos.
- Nos habían dicho que… -musitó el viejo Cabrero dejando escapar el
humo de su pipa.
- Soy la única que ha sobrevivido. –Aclaró ella con la voz entrecortada.
Ellos empezaron a acercarse casi al unísono. Ana extendió la mano
indicándoles que se detuvieran. Gómez que ocupaba el centro del triunvirato
se detuvo de inmediato e impidió abriendo los brazos, aunque con poca
resistencia, que los otros dos avanzaran.
- Dame el móvil –Le susurró a Duna al oído a la vez que le quitaba la
pistola con la mano derecha de la parte de atrás de su pantalón.
Duna no opuso resistencia. Supo que algo raro pasaba. Sacó el móvil del
interior de su trenca y se lo deslizó suavemente entre sus dedos. Ana marcó
casi sin mirar. Se había aprendido aquellas nueve cifras de memoria.
Llamó. Un tenso silencio se extendió por todo el templo. De repente, un leve
zumbido empezó a sonar y a continuación cantó un pequeño grillo a modo de
tono de llamada hortera. Ana sonrió. Lo sabía. Avanzó hacia el trío que
permaneció impertérrito, hasta que Sedal salió corriendo hacia el lado contrario.
Ana levantó la pistola. Tranquilizó su respiración. Ahora ella era la cazadora.
Ahora ella era implacable. El mundo se detuvo a su alrededor. Sintió sus ojos
negros sin pupila observándola. Y disparó. Una, dos, tres veces.
Las balas impactaron en la espalda de Sedal que cayó inerte al suelo. El
estruendo de los disparos despertó al campamento. Se oyeron gritos. Ana
seguía con la pistola levantada.
Sintió como se rendía su cuerpo. Sus músculos se aflojaron. Su mirada se
volvió borrosa. Y de repente… la oscuridad. Ana se desmayó cayendo en los
brazos de Duna que tuvo que arrodillarse para poder soportar su peso. Sólo
tuvo un pensamiento antes de desvanecerse: “La rata guardará silencio”.